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Costuras invisibles

02-09-2026 Por José Pablo Canal de Velasco

Crees que necesitas hacer más. Necesitas justo lo contrario

“Dame un segundo, aquí lo tengo.”

Lo dijo hace cuatro minutos. Le pediste un dato, uno solo, y desde entonces lo ves pelear con su propia computadora: notificaciones encimadas, pestañas del navegador que ya no caben, ventanas que no cierran, un escritorio tapizado de accesos directos donde el dato existe, seguro, pero nadie sabe en cuál de las treinta capas quedó.

Tú y él saben que está ahí. Y los dos piensan lo mismo, aunque no lo digan: que cuando por fin aparezca, va a volver a perderse.

Casi siempre es la misma historia: cada herramienta vive por su lado, en su propia isla, y el día entero se nos va cruzando de una a otra. Ese ir y venir, esas costuras invisibles entre una cosa y otra, casi no se notan. Pero son un punto de fricción donde la tecnología nos falla.

Esa falla no aparece en ningún reporte, pero el ir y venir que la provoca sí se ha medido. Harvard Business Review siguió a trabajadores reales y encontró que saltamos entre aplicaciones cerca de mil doscientas veces al día; se nos van casi cuatro horas a la semana, casi una de cada diez, solo en reacomodarnos después de cada brinco. Y Gloria Mark, que estudia la atención en la Universidad de California en Irvine, descubrió que después de una interrupción tardamos veintitrés minutos en volver a concentrarnos de verdad, y hoy aguantamos, en promedio, solo cuarenta y siete segundos frente a una pantalla antes de irnos a otra cosa.

Cuarenta y siete segundos para pensar entre una interacción con nuestros dispositivos y la siguiente. Y las decisiones que de verdad pesan no caben ahí: a quién contratas, en qué inviertes, qué le respondes a un cliente que te busca por algo urgente.

La tecnología está para ayudarnos

Volvamos al escritorio caótico. Una escena familiar para casi todos, pero no tiene por qué ser así. Es fácil olvidar, detrás de sus funciones, que el principal propósito de la tecnología es quitarnos trabajo de encima, no sumarlo. Pero en algún punto, entre tantas apps y cuentas nuevas, se volteó la ecuación, y acabamos sirviéndole a las herramientas en lugar de que ellas nos sirvan a nosotros.

La conectividad bien hecha hace lo contrario: baja la fricción entre una cosa y otra hasta que dejas de notarla, y te devuelve lo que de por sí nunca alcanza, que es tiempo y algo de calma para usarlo.

Lo veo en algo tan cotidiano como mi camino al trabajo. Cargo un Galaxy S26 Ultra, un Galaxy Watch Ultra y una Galaxy Tab S10 Ultra, y con los años dejaron de sentirse como tres aparatos: se comportan como uno solo. Y eso, que suena muy técnico, en la práctica no lo es. Significa aprovechar mi caminata al máximo.

Camino junto al periférico, que a todas horas tiene algo pasando: una mezcla de estímulos que mantiene a cualquier transeúnte en modo de supervivencia. Me pongo los Galaxy Buds4, tapo todo con ruido blanco o música de piano, apago notificaciones y mensajería, y esos veinte minutos se vuelven míos: ordeno el día y me doy el lujo de un espacio para pensar. El caos de la calle se transforma en oportunidad, y mi camino a la oficina llega cargado de productividad. Cuando manejo sucede algo similar. La carátula del Galaxy Watch se simplifica, las notificaciones se bajan solas, el S26 Ultra se conecta al coche, y yo nada más manejo. No configuro mis dispositivos en cada momento: lo hice una sola vez, y se activan automáticamente cuando cambio de contexto.

Y eso es lo que importa: la tecnología no me ayuda a hacer más, me libera la atención para enfocarme y hacer mejor lo que más cuenta.

Pero hasta aquí, todo depende de que lo configure yo. El cambio más reciente llegó cuando mi tecnología empezó a adelantarse sin que se lo pidiera. Galaxy AI le cambió la dirección: en lugar de esperar mis órdenes, se anticipa. Now Brief me arma el resumen del día, la agenda, el clima, lo que viene, sin que se lo pida; si va a llover, lo sé antes de salir y ya sé que hoy no camino. Now Nudge se adelanta con cosas chicas: si en un chat quedó una cena el jueves, me ofrece guardarla ahí mismo. La galería se ordena sola, reconoce caras, lugares y hasta recibos, así que cuando alguien pide la foto de aquella comida la encuentro en segundos y sigo en la plática, en lugar de rascar entre mil fotos.

Cada una, por sí sola, es un ahorro pequeño. Pero juntas son las que antes me mantenían fijado al teléfono el día entero: revisar, contestar, buscar, volver a revisar. Ahora buena parte de eso lo hace el sistema, y puedo levantar la vista hacia lo que realmente importa.

Lo que sigue siendo tuyo

La tecnología me quita fricción; no decide por mí, pero sí protege lo que yo decido que importa. En un mundo conectado, nadie se salva de una junta rebelde en otro huso horario, ni de una notificación a media tarde de un sábado, justo en el partido de mis hijos. La diferencia está en lo que pasa después: una rutina sabe que estoy en el partido, baja las notificaciones sola y deja pasar nada más lo urgente, sin que yo tenga que acordarme de silenciar nada. No me quita el control; ejecuta el que ya le di. Y si algo verdaderamente urgente entra, quedarme en las gradas o pararme a contestar sigue siendo mi decisión.

Y ahí está el punto. Bajar la fricción no sirve para meter más cosas en el día; sirve para llegar con la cabeza entera a las que de verdad cuentan: una decisión difícil, una comida con los tuyos, una hora para pensar sin que nada te jale, ni siquiera tus redes sociales.

Todas esas piden lo mismo, atención, y ninguna app te la regala. Para mí, ese es el verdadero papel de Galaxy AI: no empujarme a hacer más, sino bajar el ruido, hacerse a un lado y devolverme la atención para ponerla donde de verdad importa.


FUENTES

Harvard Business Review (2022), “How Much Time and Energy Do We Waste Toggling Between Applications?”

Gloria Mark, Attention Span (UC Irvine / APA, Speaking of Psychology)

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